Cuando el insomnio me desterró del sueño
el sueño creció infinitamente.
Ojos abiertos, lunáticos, en mi lecho,
descubriéndome de engaños forzosamente aplicados.
Cayendo en un descenso inacabable
pero necesario para volver a surgir,
provocándome heridas terribles, sangrantes,
pero necesarias para volver a sentir.
Comprendí al fin, que la vida es dolor,
y el dolor nos revela la vida, y así,
con la inmanencia insufrible que nos delata,
transita indómita la senda del hombre simple,
tan sombría como el suspiro gutural,
que en el sosiego de la tempestad la invoca...
Ah! La vida!
R. Vásquez Acevedo
R. Vásquez Acevedo
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