Sentado al borde de la vereda, observa sus zapatillas maltrechas; su mirada se pasea sobre ellas. El rugido de un furioso motor lo sobresalta y levanta la vista; su estómago gruñe. Aprieta los dientes y los ojos con fuerza; debe contenerlo. Los suspiros se le escapan en una respiración agitada. Con ambas manos envuelve su barriga, debe soportar el suplicio aunque su impetuosa memoria le anuncie que pasaron cerca de una decena de horas desde aquel último bocado.
Pudo hacer algo de plata, unos cuantos billetes; también la ha escondido. No quiere que “El Pepo” se la arrebate y luego intente contentarlo con una par de pesos. Se la quiere llevar “encanutada”, toda junta, a su madre. Sus hermanos también lo esperan. Decide aguantar el hambre feroz, que sigue royendo sus entrañas.
Toma las pelotitas, tres de distintos colores y tamaños. Las palpa suavemente y las pasa de una mano a la otra mientras espera. El semáforo al fin cambia; frente a los autos, comienza la función.
R. Vásquez Acevedo
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